Pedro Linare
Primero había que pasar bajo una enorme campana que pendía quién sabe de dónde, tan voluminosa que su sombra cubría desde el mercado de Sonora hasta el zócalo (en el D.F.: una distancia de tal vez 2 kilómetros), en compañía de otros desventurados que también avanzaban sin mirar a izquierda o derecha sudando frío, esperando que en cualquier momento la enorme mole de bronce empezara a sonar y el monstruoso tañido los desbaratara.
Esto último fue lo que hizo el cartonero capitalino Pedro Linares López, entonces de 23 años de edad y ya famoso en el rumbo de la Merced. Gracias a ello pudo llegar con vida al otro lado del precipicio, donde empezaba el llano de los alebrijes.
Linares no conocía a estas criaturas de formas satánicas y carne como de hule transparente, que brincaban bajo la niebla aposentada sobre el valle; pero aun antes de verlas las bautizó "alebrijes" porque así, "¡alebrijeeeee...!", sonaba el grito que los extraños seres lanzaban a coro, como lobos mirando a la luna.
El cartonero de la Merced logró escabullirse por entre los tentáculos de los alebrijes gracias a las 2 muchachas vestidas de blanco que recorrían el paraje tomadas de la mano, como impulsadas por la brisa, sus pequeños pies desnudos acariciando apenas la capa de niebla acumulada sobre el terreno;
Sin mirar atrás, el cartonero descendió a tropezones una pronunciada pendiente, entró a su casa, se tendió en la cama y cayó en un sueño tan profundo como catalepsia. El hombre no sabe cuánto tiempo permaneció así; un día se levantó, semiciego, tan débil que no podía hacer otra cosa que pasarse las horas sentado al sol, a la puerta de su casa. Parecía un anciano y su cuerpo olía a ceniza.
Si el cartonero se salvó en aquella ocasión y hasta recuperó la juventud (era el año de 1930) fue gracias a uno de esos fotógrafos que iban de casa en casa ofreciéndose para amplificar y colorear fotos de parientes fallecidos.
Hijo de un zapatero del estado de México que en sus ratos de ocio fabricaba caballitos, máscaras y piñatas de cartón, Linares aprendió el oficio de cartonero en la infancia y tal vez el crecer rodeado de judas y diablos a medio hacer fue lo que lo preparó para las fabulosas experiencias que afirma haber vivido en 1930, cuando ya estaba a punto de casarse y fundar su propia familia, formada ahora por sus 3 hijos, una veintena de antiguos aprendices y decenas de nietos que hoy el patriarca ya tiene 78 años de edad integran la principal dinastía de cartoneros de México y producen sobre todo una gran variedad de espeluznantes alebrijes.
Ya casado y padre de familia Linares aumentó su fama cuando empezó a fabricar, como adorno para grandes fiestas, unas enormes esferas o estrellas de carrizo y cartón que a cierta hora estallaban y dejaban volar multitud de globos que a su vez derramaban kilos de confeti sobre la concurrencia. Pero lo que al cabo lo colocó en un plano único fue su serie de alebrijes unos monstruos de cartón inspirados en las visiones que Linares asegura haber tenido durante su excursión al Más Allá que hoy figuran en los principales museos de artesanías y colecciones particulares, y que según su tamaño u el horror que sean capaces de inspirar se cotizan entre 25,000 y 50,000 pesos cada uno.
Cada alebrije le toma a Linares 2 semanas de trabajo y consume una buena cantidad de papel, cartón y engrudo. De un periódico arrugado y hecho bolas, va formando la cabeza, después el cuello, que pude ser corto o tan largo y delgado que para sostenerse requiere de un alambre. En seguida plasma el cuerpo, de múltiples formas, como las que adquiría en segundos cada uno de los monstruos de su sueño.
Una vez formado el cuerpo del alebrije, Linares recorta cartón grueso para hacer las aletas, orejas, cuernos, uñas y dientes. Por último, utilizando pinturas de agua, Linares decora con delirantes colores el cuerpo, pintándole escamas, ojos, todos los detalles que hacen de sus alebrijes codiciadas obras de arte. El paso final es dar una capa de barniz para que el monstruito conserve sus colores.
En la actualidad Linares ya casi no trabaja y sus alebrijes tienden a estandarizarse. Es que pronto me iré a vivir con ellos dice el anciano ya no quiero ofenderlos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario